El ratón Pérez

          Cuando entré en el despacho del director del banco, me sorprendió no encontrar su mesa presidiendo el espacio, sino una silla que parecía una araña colgada del techo. Solo cuando un desconocido me pidió que me sentara y abriera la boca, comprendí que estaba en un dentista.

Banco que cierra las puertas, dentista que nos abre la boca. Las clínicas dentales se multiplican a un ritmo superior al de las caries, de modo que ya tocamos a más de 72 dentistas por cada una. ¿Le ha dado un arrebato formativo a los banqueros y se nos han licenciado todos en odontología?

Supongo que mi confusión se debió a que la consulta de un dentista se parece mucho a un banco: hay que tratar de pagos, presupuestos y, a ser posible, de descuentos. Alguien tendría que estudiar en profundidad los precios de los dentistas, no vaya a ser que nos estén colando alguna cláusula diente. Yo, por si acaso, me he sacado ya tres muelas. Y si no fuera porque peligra mi supervivencia, por eso de la importancia que tiene comer, ahora mismo me arrancaba las que me quedan, no sea que tenga que sacar las tres perras que aún resisten en el banco para garantizar el mantenimiento de las valiosas piezas.

Parece que hay unanimidad en aceptar que la boca forma parte del cuerpo, pero para el Gobierno solo hasta los 14 años. A partir de entonces ese órgano nos abandona misteriosa y súbitamente, desaparece del Sistema General de la Seguridad Social y de la boca de los que no pueden pagar el privado, al menos hasta que los tres dientes que nos quedan estén lo suficientemente enfermos como para sacarlos, que eso sí que lo hacen.

Por eso los banqueros se han puesto a estudiar odontología, cambiando el teclado del ordenador por el taladro dental y los valores por las placas, que deben ser una magnífica inversión a juzgar por el precio. Los muy emprendedores han visto el mercado, las posibilidades y la rentabilidad antes que nadie y le están sacando partido al aumento de la esperanza de vida, que nos obliga a necesitar los dientes durante más tiempo.

Al banco se lo tragó el Ratón Pérez, el magnate de la nueva era. Igual ahora se ponen de moda otra vez los collares de perlas, por eso de rentabilizar los activos resultantes. El día que al Gobierno le de por rescatar clínicas dentales, tal vez nos demos cuenta de que la raíz del problema no está en los dientes, sino en el dinero.

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