El ruido de fondo

          Lo parieron en el campo, pero no se dio cuenta de cómo era el campo hasta que se marchó. No jugó con los otros niños, no tuvo novias ni amigos, pero nunca pareció que eso le inquietara. Creció cerca de un padre lejano que no levantaba la cabeza de la tierra ni los pies del estiércol mas que para caer rendido en el sofá desde donde miraba el crecimiento de ese hijo al que no sabía llegar. Su madre, en cambio, era cariñosa hasta el exceso, como intentando llenar los espacios paternos que quedaban vacíos de ternura. A él nunca le importó ese abandono, porque lo que a él le gustaba era el silencio, y disfrutaba mucho de los paseos a primera hora de la mañana, cuando hasta los gallos duermen y el arroyo parece que susurre. El resto del día lo pasaba en su cuarto, disfrutando de la paz que le proporcionaba el aislamiento. Así vivió hasta que sus padres se pusieron de acuerdo para partir juntos a donde él no podía seguirlos. Tenía entonces cincuenta años y ninguna experiencia vital digna de contarse.

Presionado por su madre y por su propia inclinación a la soledad, había completado los estudios a distancia como traductor de textos clásicos. Eso le permitiría vivir. Era un tipo normal, de estatura normal, de complexión normal, pero su piel, debido al sistemático encierro, había adquirido un tono ceniciento que le hacía parecer permanentemente enfermo. Tampoco le importan cosas como esas.

La muerte de sus padres le abrió un abismo nuevo. Por primera vez se sintió solo, totalmente solo, terriblemente solo. Siempre había querido estar solo, pero esta soledad él no la había pedido, no la quería, ésta no. Tampoco podía quedarse así, paralizado, sin saber si podría seguir con las rutinas en aquella casa, sin comprender muy bien si había que respetar los hábitos adquiridos o sería mejor aventurarse a vivir otra cosa. Al final, la confusión lo llevó a una solución inesperada: vendió su casa de campo y se fue a la ciudad, porque suponía que entre tanta gente, ni siquiera un amante de la soledad como él, podría estar totalmente aislado.

 El día de su marcha se despidió con un último vistazo y un primer portazo, sabiendo que dejaba atrás mucho más que una casa y mucho menos que una vida. Por primera vez se encontró con dos maletas en las que cabía todo, su todo, al menos todo el todo que a él le importaba.

Cuando las puertas del aeropuerto se abrieron sintió como si una enorme boca estuviera a punto de engullirlo. Se quedó paralizado, cargando con las maletas y con un corazón empeñado en correr más que él, pero siguió caminando a pesar del miedo, a pesar de que cada paso avanzado lo acercaba más al pánico, al vértigo o al desmayo, cualquier opción podría valer. En esta ocasión sólo sintió unas terribles nauseas que no lo abandonarían durante años. Se dirigió al mostrador más cercano y compró un billete a no se sabe dónde, pero bien lejos de allí. Facturó sus maletas, se sentó en la sala de espera y cuando todos se levantaron fue tras ellos hasta el avión. En el momento en que el hombre silencioso sintió que el aparato comenzaba a separarse del suelo se dijo a sí mismo que, de sobrevivir, jamás volvería a violar las leyes de la naturaleza.

En su destino, todabía hiperventilando, el hombre silencioso atravesó el aeropuerto y tomó un taxi que lo llevó a su nueva casa, un apartamento pequeño en un segundo piso de la calle Sigilo. Le había tomado tiempo encontrar un lugar tranquilo en el que vivir y esperaba que respondiera a sus expectativas. Había realizado muchísimas búsquedas en internet para encontrar una calle sin bares, supermercados, centros de mayores, centros de menores, bancos, parques, iglesias, hospitales, casinos, paradas de taxis, paradas de guaguas, estadios, camellos, centros de salud, dentistas, chinos y tanatorios. No fue fácil encontrar un lugar así en la ciudad. En un callejón estrecho en el que era imposible entrar mercancía, poner una terraza o hacer un botellón, el hombre silencioso creyó encontrar su sitio.

La primera noche lo achacó a la extrañeza, las siguientes a un proceso de adaptación lento pero, cuando llevaba ya cinco días sin dormir empezó a arrepentirse de haber dejado atrás la tranquilidad de una vida sin pretensiones ni esperanzas. El hombre silencioso empezó a darse cuenta de que en la ciudad hay básicamente dos tipos de ruido: el ruido de fondo, que es constante, ronco, grave, y el ruido de todas las cosas que están contenidas en él. Así que al sonido constante del todo hay que sumar los ruidos de sus partes individuales: un grito que sobresale entre los gritos, un frenazo en el semáforo, una ambulancia que pasa tan cerca que casi tenemos que llamar a una ambulancia, una palabra con dedicatoria gritada desde un coche con más prisa que talento lingüístico, una manifestación que se acerca como un movimiento de tierra…el ruido impera, reina, campa a sus anchas, es el alma de la ciudad y el hombre silencioso es primerizo en él.

Desde entonces, superar cada día suponía un continuo ejercicio de supervivencia, -es como hacer footing en un campo de minas- pensaba cada noche antes de abandonarse a los somníferos. Improvisando soluciones aisló acústicamente toda la casa, desconectó el timbre de la puerta y colocó moqueta hasta en el baño. Pero todos los esfuerzos resultaban inútiles, porque ninguna barrera puede contener el ruido que supone vivir en medio de los otros. Fue entonces cuando se dio cuenta de que la bulla no se contenía en sus semejantes, sino que llegaba hasta su soledad llenándola de confusión: esa nevera que no para nunca de gemir, el fregadero que succiona con ruidosa avidez el agua, la vasija con su violento vórtice hacia no se sabe dónde y ese sonido insoportable que produce el colchón y que lo obliga a dormir toda la noche en la misma posición. -Tengo que salir de aquí, pensaba, estos ruidos rutinarios son peores aún porque sé cuándo van a producirse y esperarlos dilata el sufrimiento que me producen. Tengo que probar otra cosa si no quiero volverme completamente loco.

Decidido a sobrevivir, pensó que tenía que hacer algo atrevido y domicilió todos sus pagos; ropa no necesitaba porque era freelance, así que haciendo la compra mensual por internet, poco se le había perdido allá afuera. Aún así, no encontraba nunca la tranquilidad que sentimos los que vivimos el silencio únicamente como un concepto porque jamás lo hemos vivido como una realidad. Para los que viven en la ciudad, el silencio es no tener que subir el volumen de la tele o gritar por el teléfono, es que no estén sonando las alarmas de cuatro coches, tañendo las campanas de la iglesia, aullando la sirena de la policía y gritando el borracho del piso de arriba mientras intentas leer un libro. El silencio urbano es básicamente la ausencia de “escándalo”.

Lo peor de todo era que cuando llegaba la noche, en lugar del silencio que cabría esperar, para el hombre silencioso se producía algo así como un intercambio de paquetes de sonido: el paquete del día contiene las pitas de los coches, de los guardias, la música hortera que, como un cóctel molotov, lanzan terroristas del buen gusto por las ventanillas, los saludos a gritos, las motos que harían saltar por los aires cualquier sonómetro, los camioneros de reparto para los que apagar el motor supone el final de la jornada, las voces del vendedor de lotería, de la pescadera y los gritos de los niños que no han sido aún bendecidos por el rasuramiento del sistema educativo; en el paquete de la noche, en cambio, hay sobre todo sonidos de botellas que se rompen, gritos y risas de adolescentes desafiando límites, más cócteles molotov y borrachos que buscan cualquier excusa para encabronarse y no tener que volver a casa. También hay sonidos pequeñitos que durante el día se diluyen en el ruido de fondo, pero que de noche consiguen imponerse: ladridos de perros callejeros, ladridos de perros domésticos, parejas queriéndose, parejas odiándose, neveras antiguas, televisores modernos…

Una noche, el hombre silencioso tuvo un sueño. Soñó con la muerte. Y como los sueños son la inspiración de la vigilia, al levantarse decidió que sería buena idea visitar el cementerio de su barrio. Se tomó su habitual café amargo, se puso los tapones en los oídos y sobre ellos los grandes cascos y salió convencido de que en el camposanto encontraría el sosiego que tanto necesitaba.

El cementerio estaba algo alejado del barrio, como todos los cementerios, en lo alto de una pequeña loma sacudida siempre por un viento que lo hacía frío en cualquier época del año. Cuando bajó del taxi, se cerró la chaqueta hasta el cuello y levantó la mirada hacia el ángel de piedra que daba la bienvenida a los visitantes, inspiró profundamente el aire frío y atravesó la puerta. No eran aún las ocho y media de la mañana, así que el cementerio estaba vacío de vivos, la más atronadora de las especies. Nunca se sintió tan sereno como cuando estuvo en medio de aquella multitud que se apiñaba por el suelo y las paredes como si fueran sigilosos insectos. Cuando el hombre silencioso salió del cementerio eran ya las doce del mediodía y la vida comenzaba a llenar los pasillos, los bancos, las tumbas y los olvidos.

Al día siguiente, a eso de las siete de la mañana, el hombre silencioso se levantó fresco, vigoroso, con la sensación de haber encontrado un lugar, un espacio vital que podía devolverle el sosiego de su vida en el campo, cuando sólo el ruido de los pájaros, la lluvia y el viento, gozaba de oficialidad. Esta vez compró un pequeño ramo de flores blancas y se adentró, con la seguridad del que busca algo en particular, en el silencioso cementerio. Mientras caminaba, aterido de frío, se detuvo ante la tumba de una mujer que había fallecido a los 50 años, justo la edad que tenía él, y ahí depositó las flores. Durante largo rato el hombre silencioso mantuvo una conversación con la difunta sobre cosas poco trascendentes de la vida, su trabajo, la familia, el tiempo o los desorbitados gastos funerarios, una estafa como otra cualquiera. Satisfecho, dejó una pequeña nota de agradecimiento para la familia pegada a la losa y se marchó de allí más fuerte, más alto, más seguro, más inmune y más feliz.

Día tras día, el hombre silencioso visitaba el cementerio y día tras día depositaba flores en una tumba, conversaba durante buena parte de la mañana con el difunto en particular y dejaba una nota pegada a la lápida para agradecer a la familia el haber disfrutado de tan agradable encuentro. Un día le tocó el turno a un niño muerto a la edad de tres años. Consciente de que su conversación no interesaría al chiquillo, el hombre silencioso se sentó en el banco que había frente a la tumba y cantó una canción que su madre le cantaba cuando era pequeño y vivir sólo requería estar vivo. Cuentan por ahí que en el cementerio se oyó una melodía tan triste que todos los muertos lloraron y por los pasillos corrió el río salado de la añoranza.

Satisfecho con esta rutina, la vida del hombre silencioso se llenó de nombres, de fechas de nacimiento, de defunciones, se llenó de gente. Pero como no era un notario sino un conversador, quiso ir más allá y empezó a investigar la vida de los difuntos para que las conversaciones fuesen más suculentas, de manera que anotaba cuál había sido la profesión del difunto, la causa de su muerte, si había tenido pareja, hijos, toda la información que podía recabar. De esta forma, entre una conversación y otra, el hombre silencioso llegó a conocer a buena parte de los vecinos de esa particular comunidad, que, por lo demás, no dejaba nunca de crecer. La vida tenía ahora un objetivo claro y era tal la sensación de dicha que un día llegó a esconderse del guarda para pasar la noche en el cementerio, pero descubrió que a esas horas se llenaba de ruido, porque las lápidas crujían como si los fallecidos se fueran a dormir todos con un portazo. Le sorprendió lo alborotadores que podían ser los que duermen el descanso eterno, así que decidió recuperar la rutina de su horario de mañana.

Los fines de semana el hombre silencioso se quedaba en casa porque esos días los vivos se acuerdan de los muertos y el silencio se rompe con sollozos, carreras de chiquillos, conversaciones vivo-vivo y gritos de histeria. Esos días compraba todos los periódicos y recorría las esquelas como queriendo establecer un primer contacto con el extinto antes de atreverse a visitarlo personalmente. En esa tarea andaba cuando, en uno de los periódicos, descubrió una noticia que lo dejó perplejo; por lo visto algún desalmado se había dedicado a llenar las tumbas del cementerio de notas dirigidas a las familias de los difuntos, con el consiguiente desagrado de los familiares, que consideran una falta de respeto inadmisible que se juegue con la memoria de sus muertos. La policía investigará el caso, para lo que iniciará una vigilancia intensiva del susodicho camposanto. Leyó y releyó el artículo sin mediar palabra consigo mismo, sorprendido de que fuera él el causante de semejante delito. Sintiendo que estaba a punto de perder aquello que daba sentido a su vida, algo así como un hogar, el único sitio donde se sentía verdaderamente seguro y arropado, el hombre silencioso se abandonó a un llanto inconsolable, profundo y silencioso que le duraría el resto de su vida.

Conocida la noticia, a aquel cementerio ya no podía volver, así que decidió que lo más lógico sería visitar uno distinto, donde ni los vivos ni los muertos supieran de su existencia. Y así comenzó una gira por los camposantos de las ciudades vecinas, cogiendo taxis, guaguas, viajando durante horas para poder conversar con los que hasta ahora habían demostrado no tener deseo alguno de delatarle. De modo que los cementerios de cientos de kilómetros a la redonda se llenaron de notitas que adornaban las lápidas, como pequeñas mariposas blancas que se mecían con el viento y daban un inusual toque de fiesta al lugar.

A medida que el hombre silencioso conquistaba más territorio, se extendía también su fama, hasta que aparecieron fotos de cementerios llenos de notas blancas inundando las redes sociales y los informativos. Todo el mundo se preguntaba si sería un loco o un solitario muy original. Un día cualquiera, cuando estaba a punto de pegar la tercera nota en el cementerio, oyó cómo se acercaban varias personas por distintos pasillos. Rápida y silenciosamente, como una sombra o una rata, los esquivó y salió de allí sabiendo que allí ya no podría volver, al menos vivo. Así las cosas, la larga lista de cementerios de su particular gira, que iba a mantenerlo ocupado durante mucho tiempo, quedó terminada en mucho menos del que al hombre silencioso le habría gustado.

A partir de entonces, los cementerios comenzaron a llenarse de curiosos que querían pillar al vándalo de las notas o de románticos que encontraban en ese hecho una suerte de conexión con el alma humana digna de admiración. Unos y otros se acercaban cada día armados con móviles para inmortalizar un momento único digno de colgarse en la red. Hubo incluso quien encontró notas pegadas a lápidas de cementerios que nuestro hombre no había visitado aún. Los cementerios, de vacíos y silenciosos, se convirtieron en centros neurálgicos de no se sabe qué cosa; se hacían quedadas masivas en las que sólo se requería que cada uno llevara su propio alcohol y hasta los camellos se habían instalado de manera estable en ellos; estaban llenos de vida. Como suele ocurrir, esto molestó a los vivos, de modo que la policía se sumó a cuadro tan inverosímil y se dedicó a desalojar con tanto celo, que una mañana echaron de mala manera a un grupo de familiares que salía de un duelo al confundirlos con los rezagados de la fiesta. La situación general era de interés por parte del público y desesperación administrativa. Los cementerios estaban más sucios que nunca, llovían las quejas en los ayuntamientos, todo el mundo, incluida la prensa, hablaba sobre el ‘misterio de las notas del cementerio’ y, dada la continua afluencia de público, junto a los puestos de flores comenzaron a proliferar otros de comida rápida y artesanías.

Como es lógico, el hombre silencioso no era ajeno a todo esto, porque cada vez le resultaba más difícil encontrar cementerios y una vez encontrados, poder volver a ellos con seguridad. A los dos días, a veces antes, alguien ya había visto alguna nota y comenzaban las persecuciones móvil en mano. Al final ya no pudo siquiera plantar la primera nota, porque todos los cementerios habían sido sitiados por un ejército de incansables voluntarios que no parecían tener nada mejor que hacer en su miserable vida.

 Así fue como el hombre silencioso se vio sitiado en el bullicioso exterior y, desahuciado de su vocación, no le quedó más remedio que volver al encierro de su apartamento. Esa inesperada vuelta a los orígenes acabó definitivamente con su motivación vital porque ahora, además de silencio, buscaba la sensación de compañía que le había proporcionado su aventura con los fallecidos. Marchito, apagado y triste, dejó que la vida se le consumiera sin oponer ninguna resistencia. Desde ese día no volvió a trabajar y, como ni su trabajo ni su naturaleza le habían permitido hacer ningún amigo, perdió la cuenta de los días, de las noches, de la vida, en la que ya no encontraba ningún refugio para descansar. Dejó de salir de casa y se alimentaba apenas de unas migajas, porque con una migaja tenía para ese cuerpo esmirriado que parecía a punto de abandonarse a la voluntad de la gravedad. Su vida transcurría tumbado en el sofá, con los ojos sellados, los oídos clausurados, el alma tapiada y la funesta certeza de haber perdido para siempre la oportunidad de ser feliz. Ajeno a cualquier voluntad, se mantenía vivo sólo porque su organismo así lo había decidido a pesar de la ausencia de toda intención.  Curiosamente, al mismo tiempo que su interés por la vida se debilitaba, se desarrollaba también en él tal grado de agudeza auditiva que era capaz de oír con nitidez el bruxismo del hijo pequeño del vecino del ático.

Uno de esos días, cualquiera puede valer porque eran todos iguales, sentado en su sillón en medio de una habitación pelada y oscura, el hombre silencioso miró a su alrededor y se vio también a sí mismo desde fuera; se vio, pero no se reconoció. -Este no puedo ser yo- se dijo a sí mismo, pero se lo dijo bien alto, tanto que hasta le salió por la boca sin querer. Esa noche se fue a dormir temprano y tan abatido que hasta sus pasos en la mullida moqueta empezaban a retumbar en sus oídos como el sonido ronco de un movimiento de tierra. Tumbado en la cama cerró los ojos en un intento de aislarse de todo, de él sobre todo, pero seguía oyendo ese terrible ruido, la calle, la gente, los coches, la música, las pitas, la vida. Ruido, ruido, mucho ruido. En un intento de escapar de él decidió concentrarse en su propia respiración, pero a fuerza de tanta concentración consiguió que cada sístole fuera una tortura y cada diástole un tormento. Lógicamente, a medida que el hombre silencioso se iba haciendo consciente del problema se ponía más nervioso, lo que aumentaba su ritmo cardíaco y los decibelios de lo que empezaba a concebir como su particular marcha fúnebre. Aturdido, la idea del silencio absoluto anidó en su cabeza y ahí empezó a crecer, a ramificarse rápidamente, hasta que supo que ya nunca se libraría de ella. Cerró la ventana del baño, la única que quedaba abierta, pero no huyendo del ruido sino del oxígeno. Abrió la llave del gas, cogió un libro que había leído ya tres veces y se tumbó en la cama a no leer mientras esperaba con calma la llegada de ese silencio tan tranquilizador que, ahora ya lo sabía, no existe de este lado.

El hombre silencioso se quedó allí, en su silencio absoluto, abandonado al disfrute de su conquista, descansando. Hasta que, alarmados por el olor a gas, los vecinos alertaron a la policía que, junto con la ambulancia y los bomberos, llegaron arrasando el silencio con sus sirenas, sus gritos, sus llamadas insistentes a la puerta, sus derribos, sus máscaras de oxígeno, sus camillas y sus camilleros; pero nada logró perturbar el descanso del hombre silencioso, nada inmutó su sonrisa tranquila. En medio del ruido ensordecedor de tanto trajín, el hombre silencioso descansa. Descanse en paz…y en silencio. Tal vez alguien hable con él en el cementerio.

FIN

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