Las Kellys

         La primera vez que oí hablar de las kellys pensé que eran un grupo de rock. Es verdad que son un grupo, pero actúan siempre de teloneras de los clientes de hotel y, además, deben estar sometidas a derechos de imagen, porque nadie puede verlas actuar. Las kellys, acrónimo creado a partir de ‘las que limpian’, no tienen fans, aunque sean las que mantienen los hoteles libres de cucarachas y restos humanos asquerosos.

También comparten otra cosa con los grupos de rock, las drogas, porque para hacer su trabajo necesitan tomar muchas pastillas. Eso sí, como grupo de rock son poco estables, hay mucha eventualidad y, claro, eso no ayuda al público, que nunca puede reconocerlas y agradecerles la actuación si vuelven en las siguientes vacaciones. El hotel seguirá siendo el mismo, pero las kellys habrán cambiado de banda y ofrecerán sus servicios a otro capo-explotador que estirará las jornadas como un chicle y encogerá los sueldos como un bistec en la sartén.

La última vez que estuve en un hotel, pregunté al recepcionista cuándo podría conocer personalmente a una de esas kellys tan famosas de las que hablan en televisión, esas heroínas capaces de borrar toda huella humana de una habitación en un tiempo record. El chico me miró como si estuviera loco, yo le mantuve la mirada con la misma expresión de asombro y así nos quedamos, asombrados y callados los dos. Al cabo de un rato me dijo -¿perdón? ¿qué quiere qué? Me pareció un recepcionista un poco lento, pero lo achaqué al estrés y le repetí que quería instalarme dos noches en el hotel para poder conocer personalmente a una Kelly y, a ser posible, verla trabajar, porque para mi era algo así como ir a Japón y no ver personalmente a una geisha. Me pareció una obviedad, pero el recepcionista no pudo reprimir una sonrisilla que esperaba contagiarme, pero no. Yo sabía que representan aproximadamente entre el 20 y el 40 por ciento de la plantilla de cualquier hotel, así que no iba a contentarme con un no. Me quedé esperando la respuesta, pero el recepcionista recuperó la expresión de asombro, con lo cual supe que no íbamos a avanzar más ese día.

Aún así, me quedé en el hotel, esperando poder encontrarme furtivamente con alguna de ellas y preguntarle cómo consiguen que sintamos que estamos siempre estrenando habitación. Pero son huidizas; el primer día bajé a comerme un sándwich y cuando volví, la habitación se había transformado en una habitación a estrenar. No quedaba huella mía por ningún lado y hasta llegué a dudar de si realmente había dormido allí aquella noche o acababa de llegar.

Al día siguiente, mi intención era parapetarme todo el día en la habitación, pero había sido poco previsor y el tabaco se me acabó a media tarde. Desordené todo lo que pude, tiré las sábanas al suelo, dejé cosas por cualquier lado y el baño hecho una porquería. Recorrí el pasillo lo más rápido que pude, apreté el cero en el ascensor y me pareció que tardó un millón de años en llegar abajo. Salí corriendo como un poseso y frené en seco delante de la máquina de tabaco que estaba en el hall. Metí las manos en los bolsillos, ¡mierda! ¡no tengo cambio!, fui hasta la recepción y se lo pedí al chico en un estado tan lamentable que me ofreció también el médico del hotel. Salí corriendo. Llegué a la máquina y metí las monedas mientras decía –¡venga, vengaaaa!- y movía los pies como si necesitara ir al baño. Saqué el tabaco y volví a correr hasta el ascensor. Había mucha gente esperando, así que tuve que subir en la segunda vuelta. No dejaba de pensar que al día siguiente tocaba irse, así que tenía una única oportunidad para encontrarme con una de ellas y preguntarle cómo viven ser la columna vertebral de la misma empresa que les rompe las suyas y encima ser explotadas en el sector que está más en alza incluso en los peores momentos. Ellas lo saben todo de nosotros, conocen nuestra inmundicia, pero ¿qué sabemos nosotros de ellas? Esperé un millón de años a que llegara el ascensor y otro millón hasta estar en el tercer piso. Volví a recorrer aquel pasillo enorme que ahora se alargaba a medida que corría. Llegué a la puerta de mi habitación, metí la tarjeta casi sin respiración, abrí la puerta…y otra vez yo no había estado allí, otra vez reinaba la impersonalidad más absoluta. Una persona normal se habría conformado con eso, habría asumido la derrota y ya está, pero yo decidí que tenía que volver a hacer el recorrido al mismo ritmo para averiguar cuánto tiempo había tardado aquella Kelly supersónica en ‘hacer’ mi habitación.

La segunda vez que llegué a la puerta de la habitación, estaba a punto del colapso. Once minutos. ¡Había tardado unos once minutos y la habitación estaba impoluta, como recién comprada! La cama sin una arruga, el salón recogido y el baño sin un pelo. Once minutos perdidos que podían haber cambiado mi vida. Me perdió el tabaco, qué le voy a hacer.

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3 comentarios en “Las Kellys

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