SUEÑO POR ENCARGO

Con dedicatoria: ¡Va por ti, negro! 

 

Suelo encontrarme cosas por la calle. A veces encuentro cosas sin valor, como un billete o un vale para gastar en un centro comercial; pero otras veces encuentro cosas muy valiosas, como una fotografía o una lista de la compra. Las fotografías me intrigan mucho; me gusta detenerme en los rasgos, la ropa o el corte de pelo de los fotografiados. Luego, con toda la información, construyo un perfil y le asigno una vida que encaje con su aspecto y los principios morales más Kantianos o universales que se me ocurran en ese momento. Me gusta pensar que así estoy contribuyendo a hacer del mundo un lugar mejor.

Las listas de la compra me apasionan por la cantidad de información que contienen, y a veces pruebo a combinarlas con las fotografías. Juego al ‘quien es quien‘ y me salen unos perfiles totalmente creíbles. Por eso sé que dejar por ahí la lista de la compra es como ir regalando información íntima sobre los hábitos cotidianos, abriendo las puertas de la intimidad a cualquier desquiciada sin nada mejor que hacer en la vida.

            Pero lo de ayer fue distinto. Iba de camino a casa atravesando el parque cuando vi algo sobre un banco. Por supuesto me acerqué, acostumbrada como estoy a encontrar cosas por andar todo el día buscándolas. Entonces lo vi. Era un sueño, y a deducir por el estado semi-acuoso en el que se encontraba, parecía recién soñado. Saqué de mi mochila una bolsa de plástico que siempre llevo por si encuentro algo y, con un poco de aprensión, lo recogí. Estaba un poco caliente, como una gelatina que no ha terminado de cuajar.

            Me fui enseguida a casa, solté la mochila sobre la mesa del salón y abrí la bolsa. Para mi sorpresa, a pesar de haber estado a la intemperie, el sueño aún podía verse. Era un sueño un poco tonto: un hombre desnudo contando aceitunas y llenando con ellas una piscina enorme. Ese mismo día, un amigo me había pedido que le redactara un sueño, porque hacía tiempo que solo soñaba con tortugas que se metían en su habitación a desovar y, cansado ya de tanto quelonio, tenía ganas de cambiar de sueño, o por lo menos, de que las tortugas liberaran su descendencia en otra parte. Me puse a la tarea de personificar el sueño extraviado para que le sirviera a mi amigo, pero al final era tan bueno que decidí quedármelo y me olvidé del asunto.

            Varias semanas después volví a encontrarme con mi amigo; me confesó que ya no soñaba con tortugas que desovaban en su habitación, que había conocido a alguien y ahora era él el que se desovaba todas las noches en la cama. Parecía muy contento. Yo, en cambio, desde entonces sueño obsesivamente con sexo desenfrenado en una piscina llena de aceitunas. Ya no soporto ni el olor del aceite de oliva.

EL PAJARITO.jpg

 

 

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3 comentarios en “SUEÑO POR ENCARGO

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